domingo, noviembre 20, 2011

Una bella mujer que duerme en una sórdida historia que no es un cuento de hadas


Bitácora de una Cinefilia desprevenida. Septima entrega.
Una bella mujer que duerme en una sórdida historia que no es un cuento de hadas.La bella durmiente (Sleeping Beauty – 2011). Julia Leigh. (Sala: La bahía del filibustero)

Esta cinta, que significa la opera prima de la directora y novelista australiana Julia Leigh, se presentó en la pasada edición del festival de cine más importante de mundo, causando cierto interés en el público que no se resistió a los encantos de la hermosísima Emily Browning paseándose desnuda, durante al menos una hora y media, en la pantalla gigante y que terminaron llenos de una profunda decepción.
A pesar de su presentación en la Riviera Francesa de la mano de la recordada Jane Campion y de encontrarse compitiendo por la deseada palma de oro, la película no generó en el exigente público de Cannes lo que muchos esperaban, a pesar de la kamikaze actuación de Browning, en el que creo yo ha sido el papel más complicado de su corta carrera como actriz.
Sleeping Beauty cuenta a grandes rasgos la historia de una estudiante universitaria con ciertos desordenes en su comportamiento sexual, que se sumerge en el complejo mundo de la prostitución realizada en esferas socioeconómicas altas, bajo una modalidad un poco fuera de lo común; la protagonista era narcotizada para que mientras se encontrara profundamente dormida, los “Clientes” pudieran realizar con ella cualquier tipo de fantasía cumpliendo solo con una regla básica, sin penetración.

Esta cinta, que cuenta con un incitante título de cuento de hadas, es un intento fallido de contar una historia particular, alrededor del tema de la prostitución. Con un buen arranque, la película va perdiendo forma al punto de terminar en una especia de historia lineal, que por demás es predecible, sin escudriñar en lo que considero yo hubiera sido un buen insumo narrativo: el personaje principal y su microcosmos interior.
Con muchos tiempos muertos pero deshaciéndose del exceso de diálogos (problema que suelen tener los escritores que incursionan en la narración audiovisual) la película de Leigh trascurre llevando al espectador entre flashes que lo remiten a cintas como “Salo” de Pasolini e incluso “Ojos bien cerrados” de Kubrick, pero sin lograr ningún mérito.

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